Un sacerdote de Wilkes-Barre, en Pennsylvania, en representación de su Iglesia, la cual estaba atravesando muy duros momentos financieros, fue quien se encargó de propagar la práctica del bingo en las iglesias a lo largo de todo el país como método de recolección de dineros para obras de caridad. Uno de los feligreses de esta Iglesia había propuesto la idea de utilizar el juego del domingo como forma de recolectar dineros para la Iglesia. Pero con un juego que tan sólo ofrecía 24 tarjetas o cartones, cada ronda galardonada a docenas de ganadores.
Éste sacerdote se puso en contacto con el empresario Lowe, quien era responsable de la comercialización de este milenario juego, y le propuso la producción de un número mucho mayor de tarjetas o cartones numerados en combinaciones exclusivas. Lowe reconoció el potencial que este juego tenía en la recolección de fondos, y decidió reclutar al profesor de matemáticas de la Universidad de Columbia Carl Leffler para satisfacer la solicitud del sacerdote.
Leffler fue el responsable de producir 6000 nuevas tarjetas de bingo, solicitando a cambio ser pagado por tarjeta. De tal modo, si creaba mayor cantidad de tarjetas o cartas de juego, más difícil sería que alguien lograra la combinación exclusiva de números.
Al final de su emprendimiento, el recibido hasta $ 100 por cada uno de los cartones de juegos creados. Sin embargo, este incremento en la cantidad de tarjetas o cartones de bingo fue exactamente lo que hacía falta para que el juego se establecieran las iglesias a lo largo del país, resultando hasta el día de hoy como un gran medio de recolección de fondos para iglesias y para obras de caridad.
