Todos podríamos estar gritando “Beano”. Lo que comenzó como una lotería italiana, se hizo paso hacia América a través de un presentador de una feria de carnaval que conoció este juego en Alemania. Cuando lo vio, reconoció inmediatamente su potencial y su atractivo.
Hizo algunas revisiones para jugarlo, incluyendo el permitir a los participantes completar líneas verticales, además de las horizontales, y también en diagonal, para poder ganar. Llamó a este juego el “Beano”.
Estaba practicando lo una tarde de diciembre de 1929 en una feria cerca de Atlanta, Georgia, cuando un vendedor viajante de juguetes llamado Edwin S. Lowe se cruzó en su camino. Inmediatamente el vendedor se interesó en el juego del Beano, el cual atraía a inmensas multitudes, y podía ser jugado por cualquiera. Y así lo hizo.
Lowe observó la partida mientras los jugadores escuchaban atentamente el próximo número en ser cantado, y, de suceder esto, los números seleccionados eran cubiertos en los cartones por una habichuela. Cuando un jugador lograba cubrir una línea, el gritaba “¡Beano!”, en referencia al término inglés original para la palabra a habichuela: “bean”.
Con el desliz de una lengua, nació el bingo Lowe inmediatamente se dio cuenta del mercado masivo potencial que tenía este juego. En su regreso a Nueva York, creó su propio juego del beano juntando para ello algunas habichuelas, tarjetas para el juego, y un sello de goma numerado. El invitó a sus amigos a su apartamento para jugar al juego del beano. Sigue leyendo…
